Articulos y colaboraciones
“Me gustan las finanzas, me gusta la bolsa, los mercados financieros”. Esta sensación a la salida de la carrera es muy común entre los universitarios. Intuyen qué les gusta, pero su planteamiento de partida es tan genérico que se puede correr el riesgo de, como dice el refrán, abarcar mucho y apretar poco.
Al terminar la carrera surge un abanico sin fin de alternativas. Son muy parecidas entre sí y la sensación de control que supone “tener todas las puertas abiertas” puede confundir al alumno. En realidad las capacidades y requerimientos para los distintos perfiles son muy diferentes entre sí. No es lo mismo dedicarse a la gestión de fondos de inversión que a la intermediación de operaciones de corporate finance. Nada tiene que ver la experiencia del responsable de una mesa de tesorería con la de un consejero financiero que presta servicios de asesoramiento y planificación financiera a particulares.
Esas diferencias hoy pueden parecer pequeñas y como “se trata de aprender”, parece que no es muy importante por dónde empezar. Sin embargo, al cabo de unos años, hay alternativas tan divergentes que saltar de una a otra y pretender poner en valor la experiencia acumulada resulta difícil. Más aún cuanto más especializado sea el puesto.
Postgrados. Cuando se hace un master nada más terminar la carrera, uno de los argumentos que sale a colación es la necesidad de reforzar conocimientos y de adquirir una mayor especialización en determinados ámbitos. Sería deseable que, entre otras cosas, el programa permitiera clarificar al alumno su futuro, permitirle descubrir cuál es su vocación, sus puntos fuertes y las áreas en las que más disfruta trabajando y, en la medida de lo posible, facilitarle el acceso a ese tipo de puestos de trabajo.
Se trata de poder elegir, ahí es donde uno tiene las puertas verdaderamente abiertas. Para ello hace falta una excelente preparación técnica, el desarrollo de habilidades y capacidades sociales, comprender en profundidad lo que exige y lo que ofrece cada alternativa y, finalmente, orientarse con toda la ilusión y compromiso a lo que cada uno quiera hacer.
A la hora de decidir, es obligado mirar no sólo a las circunstancias que nos rodean sino, sobre todo, al medio y largo plazo: ¿Cómo me veo en tres, cinco y diez años? ¿Qué consecuencias puede tener para mi futuro, dedicar los próximos tres años de mi vida a trabajar en tal o cual cosa? Si elijo empezar por aquí, ¿cuáles son las encrucijadas en las que me encontraré dentro de cinco años? ¿Deseo realmente emprender este camino? ¿Qué capacidades me exigirá, cuáles podré desarrollar y para qué me van a servir?
Sólo así es posible emprender el camino. De lo contrario uno se puede encontrar muy lejos que lo que pretendía, dedicando todo su esfuerzo a temas que no le ilusionan y que, por tanto, le impiden desarrollarse profesionalmente.
Para ello, nos parece imprescindible el papel de la empresa: su mayor integración con alumnos y universidad en la orientación profesional y su responsabilidad como lanzadera de futuros profesionales.




